Cosas maravillosas que aprendí durante 10 años en una casa aislada y solitaria en medio de campos de olivos

¿Cómo descubrí que quería era SER LIBERTO? Para mi, la clave fueron las cosas maravillosas que aprendí en una casa aislada y solitaria rodeada de 3 hectáreas de olivos, almendros y algarrobos que mi pareja y yo compramos en 2005.

Sí, fue un poco una locura: nosotros, tan urbanitas, con poco más de 25 años nos embarcamos en un proyecto duro y apasionante: convertir en un hogar lo que era prácticamente una casa en ruinas y poner otra vez en marcha la producción de aceite y la cosecha de almendras.

Nuestra finca se encontraba cerca del Delta del Ebro y se llegaba tras conducir un buen rato por un entramado laberíntico de caminos rurales. ¡El pueblo más cercano estaba a 8 o 9 kilómetros de distancia! La casita, por supuesto, no disponía de agua corriente ni tampoco de suministro eléctrico. Sin embargo, para nosotros se convirtió en el mejor lugar del mundo.

Salvando las distancias, esos 10 años fueron para mi una experiencia parecida a la que cuenta Henry David Thoreau en Walden. Sí, ya sé que siempre acabo citando este libro pero es que lo considero una lectura fundamental para cualquiera que quiera SER LIBERTO.

Deja que te cuente algunas de las cosas maravillosas que aprendí durante el tiempo que pasé en esa casa aislada y solitaria.

 

APRENDÍ A DISFRUTAR DE LAS COSAS PEQUEÑAS

Recuerdo que muchas semanas al salir de trabajar me ponía al volante y, a media noche, tras un buen tute de carretera, llegábamos a la finca. A la luz de los faros del coche conseguíamos meter la llave en la cerradura y abrir la puerta con una mezcla de miedo y emoción… Encendíamos la chimenea, abríamos una botella de vino y charlábamos a la luz del fuego antes de irnos a dormir. Nos esperaban días intensos de jardinería, horticultura y lecturas a la sombra de un gran algarrobo que había en la entrada de la casa.

En ese ambiente aprendí a relajarme y a vivir la vida de un modo sosegado.

También, a dejar que el día fluyera y a disfrutar de las pequeñas cosas hechas por uno mismo: plantar un árbol, recolectar almendras, arreglar un bancal de piedra, hacer unas tostadas al fuego y untarlas con nuestro propio aceite…

 

APRENDÍ A COMPRAR MENOS

En un principio, el hecho de vivir tan apartados del pueblo y, por lo tanto, de las tiendas me pareció muy poco práctico pero, poco a poco, tomé consciencia de hasta que punto la distancia tenía un efecto disuasorio sobre la tentación de comprar a todas horas. Comprar implicaba coger el coche y conducir un buen rato por caminos llenos de baches o sea que nos lo pensábamos dos veces antes de hacerlo y cuando lo hacíamos comprábamos lo justo y necesario.

Desde casa se veían montañas y también, a lo lejos, el mar.

 

APRENDÍ A SER MÁS SOSTENIBLE

También aprendí a administrar muy bien los recursos. Dos placas solares instaladas en el tejado producían suficiente energía para iluminar la casa y hacer funcionar una bomba que mandaba a los grifos y al baño el agua de lluvia que recogíamos en una cisterna. Las duchas, por lo tanto, eran cortas y los platos se lavaban rápido. Se encendían las luces solo si era imprescindible y, en invierno, prescindíamos de la nevera (toda la casa era un poco una nevera). Aún así, si nos pasábamos un poco y no había hecho demasiado sol, las baterías se agotaban y a media película después de cenar nos quedábamos a oscuras.

A pesar de las limitaciones, ¡qué placer tan enorme daba estar desenchufado del mundo, en todos los sentidos!

Descubrí que me encantaba montarme un día a día a mi antojo y buscarme mis propias ocupaciones. No necesitaba que el trabajo me obligara a ponerme en pie de buena mañana sino que yo mismo era capaz de administrar mi tiempo y aprovecharlo un montón.

 

APRENDÍ QUE LOS CHUPONES HAY QUE CORTARLOS

Para evitar que la finca se perdiera y para garantizar la conservación de ese modesto pero valioso patrimonio vegetal que eran nuestros árboles aprendí todo lo que pude sobre el cultivo del olivo. Entre otras cosas, lo que son los chupones: unos vástagos que brotan en primavera de las ramas principales, tronco e incluso raíces y que, literalmente, chupan la sangre del árbol. Los chupones consumen mucha energía y no producen oliva además de ser perjudiciales para la salud del árbol. Por eso, mediante podas selectivas hay que ir cortándolos de raíz.

¿No me digas que el nombre de chupones no le va perfecto a ese tipo de personas que te agotan sin aportar nada bueno a tu vida?

Pues… ¡Fuera! ¡A cortarlos de raíz! Eso aprendí también durante esos años y me ha ido muy bien a la hora de gestionar mis relaciones sociales.

Aquí empezaba nuestra finca, con este algarrobo majestuoso.

 

APRENDÍ QUE LAS COSAS SE ACABAN

Esos años de aprendizaje liberto terminaron, paradójicamente, por culpa del trabajo. Empezamos a vivir entre Madrid y Barcelona y ya no hubo tiempo para las soleadas tardes de lectura en nuestra casa perdida en el fin del mundo. Puse la finca en venta poco después, pude liquidar la hipoteca aunque no gané nada, y me alegro de que ahora la estén disfrutando una joven pareja francesa con sus dos niños.

¿La hecho de menos? Muchísimo.

No tanto la casa en sí, sino los buenos momentos que viví en ella. Una casa, en el fondo, es una cosa y lo libertos practicamos un desapego notable hacia lo material. Cuando las cosas no nos sirven las vendemos, cambiamos o regalamos y a otra cosa.

¿Verdad?

Si te sientes identificado con esta filosofía de vida liberto, me encantaría que te suscribieras a SER LIBERTO. Prometo no atosigarte con muchos mails (eso no sería nada minimalista por mi parte jajaja) pero es que ¡tengo muchas cosas más que contarte!

¡QUIERO SER LIBERTO!

2 Comentarios
  1. Tania 3 semanas

    Hola Francesc!

    Si me llego a enterar de lo de la casa te la compro yo 😉

    Por eso precisamente me he metido en esto del online, para poder moverme o retirarme cuando lo necesite.

    Desde luego, uno de mis sueños, como el de muchos, vivir en una casa sencilla en el campo donde poder dar largos paseos cada mañana con ese olor tan especial.

    Gracias por dejarnos un trocito de ti.

    Un abrazo

    • Autor
      Francesc Soler 3 semanas

      ¡Gracias por tu comentario Tania! La verdad es que yo también tengo un montón de “mono” de casa en el campo. Creo que una de las maravillas del emprendimiento digital es poder llevarte tu negocio a cuestas viajando o viviendo tranquilamente en una maravillosa casa en el fin del mundo. ¡Ojalá lo consigas! Estoy convencido de ello. No te falta entusiasmo y tienes un proyecto muy chulo entre manos. ¡Abrazo liberto y buen fin de semana!

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