10 preguntas para saber si el niño que fuiste se avergonzaría del adulto que eres

Imagínate, por un momento, que el niño o la niña que fuiste en el pasado te pudiera observar en este mismo instante. ¿Qué crees que pensaría de ti? ¿Le gustaría ver en lo que se ha convertido?

Sé que es difícil pero trata de visualizarlo.

Esa personita de 8 o 9 años que fuiste tiempo atrás está inspeccionando la casa en la que vives. ¿La ves? Está recorriendo tus habitaciones con una mezcla de curiosidad y excitación. Incluso, tras comprobar que nadie la ve, se decide a abrir uno de tus armarios y ojear tus cosas.

La ves, ¿verdad?

Pues seguimos. Ya no estáis en casa. Te ha acompañado a trabajar. Se ha sentado pacientemente a tu lado durante todo el santo día esperando a que termines para salir de nuevo a la calle con la esperanza de que al menos al terminar tu jornada laboral hagas alguna cosa chula.

¿Dónde vais a ir ahora? ¿Todavía te queda trabajo por hacer? ¿De verdad que lo máximo que le puedes ofrecer es volver a casa y ver una serie mientras hablas por WhatsApp con tus amigos?

¡Sigue visualizándola!

Creo que se está aburriendo como una ostra. Ella (o sea tú) había imaginado que tu vida sería otra cosa, ¿verdad?

Sí, debes admitirlo, probablemente al niño o la niña que fuiste no le entusiasmaría el adulto que eres.

No me malinterpretes. Ni tengo idealizada la infancia ni tampoco el síndrome de Peter Pan. En muchos aspectos creo que ser niño es un coñazo y nunca me ha interesado el País de Nunca Jamás (ni tampoco vestir leotardos verdes). Es más, ¡desde niño siempre quise ser mayor!

Sin embargo, hay algunas características de la infancia que es vital conservar si queremos SER LIBERTO pero, lamentablemente, las vamos perdiendo a medida que nos hacemos mayores hasta acabar matando, en muchos casos, al niño o a la niña que fuimos.

 

¿CÓMO ERA EL NIÑO O LA NIÑA QUE FUISTE?

Cada niño y cada niña es un mundo, no pretendo generalizar, pero estoy casi seguro de que…

El niño que fuiste… ¡no tenía vergüenza! En serio, los adultos no somos conscientes de hasta que punto dejamos de hacer cosas simplemente por vergüenza. ¿Te imaginas que cuando aprendiste a nadar o a ir en bici hubieras tenido vergüenza por no saber hacerlo perfecto a la primera o por si el resto del mundo se reía de ti? Pues es justo lo que, siendo adulto, te impide empezar a pintar o aprender a bailar salsa.

El niño que fuiste… ¡tenía una curiosidad insaciable! Todo lo querías saber, todo lo querías probar y todo lo querías experimentar… ¡Todo eran nuevo! Sin embargo, pasan los años y acabas pensando, tontamente, que ya sabes todo lo que hay que saber, ya has leído lo que hay que leer y ya has experimentado lo que hay que experimentar. Por lo tanto, te tumbas en tu sofá, miras una serie tras otra y comes un tarro de Häagen-Dazs tras otro. ¿Hola? ¡Hay todo un mundo esperándote ahí fuera!

El niño que fuiste… ¡tenía imaginación! Personalmente, siendo niño, me lo pasaba bomba haciendo cabañas en el bosque, construyendo castillos en la playa o buscando fósiles en la montaña. ¿La materia primera de mis juegos? Ramas, arena y piedras. ¿Su precio? Gratis. Piensa, ahora, ¿cuanto te cuesta pasarlo bien? Pasear por el campo o escribir un libro son pequeños placeres que no cuestan dinero. Igual que asistir a conferencias, seminarios y presentaciones de libros. ¡En la cuidad cada día hay un montón de actividades para vivir más que no cuestan dinero!

El niño que fuiste… ¡sabía hacer nuevos amigos! El mundo es enorme y hay un montón de personas que merece la pena conocer. Cuando eres niño, haces amigos en un plis-plas. Te mudas de casa y haces amigos en tu nuevo barrio. Te vas de vacaciones y haces amigos en el camping. ¡Pero si haces amigos incluso mientras tus padres toman café en el restaurante y tu aprovechas esos cinco minutos para salir a bajar unas cuantas veces por el tobogán! ¿Qué pasa cuando te haces mayor? Pues que te encierras en tu zona de confort social y te cuesta un montón ampliar tu círculo de amistades y dejar que entren en él personas nuevas. ¡Dales una oportunidad, venga!

El niño que fuiste… ¡no vivía obsesionado con el dinero! ¿Te acuerdas de cuando el dinero no era omnipresente en tu vida? Sé que es difícil, pero trata de acordarte… ¡No soy estúpido! Ya sé que entonces eran tus padres los que se encargaban de pagar y que por eso no te preocupabas del dinero como ahora. Sin embargo, intenta no caer en el “tanto tienes tanto vales”. Es decir, no valores a las personas en función de lo que ganan y lo que tienen y, más importante aún, no te valores a ti mismo en función de estos parámetro o te condenarás a trabajar más horas que un reloj durante el resto de tu vida para tener la sensación de que vales algo…

 

¿QUÉ RASGOS COMPARTIMOS LOS LIBERTOS CON LOS NIÑOS?

Si echas un vistazo al DECÁLOGO LIBERTO te darás cuenta de que niños y libertos tenemos mucho en común. Por ejemplo:

Nos guía la ilusión. Para los libertos, igual que para los niños, la ilusión es el motor de nuestra vida. No lo es la ambición ni el reconocimiento social ni tampoco el dinero.

Para nosotros, vivir es aprender. Tenemos una curiosidad insaciable por conocer nuevos países, aprender a hacer cosas nuevas o leer libros igual que los niños que bombardean a preguntas a sus padres porque quieren saberlo todo, devoran las novelas de Harry Potter y les chiflan los experimentos.

No buscamos el aplauso. Los libertos no necesitamos la aprobación de nadie para vivir nuestra vida ni hacemos o dejamos de hacer algo para gustar más o menos al resto. ¡Nos importa un pepino lo que piensen de nosotros! De igual modo, me encantan los niños que un buen día salen a la calle disfrazados, a pesar de que no sea carnaval, sencillamente porque les apetece.

No aplazamos nuestra vida. Como sabes, a los libertos no nos vale eso de “cuando me jubile haré lo que me gusta” ni mucho menos el “me voy a sacrificar unos años para poder hacer esto o lo otro en el futuro”. O sea que no nos hablen del puto día de mañana. ¡Los niños son igual! Cuando quieren algo, lo quieren YA. Cuando quieren ir a un sitio, quieren ir AHORA! Sí, papis, ya sé que a veces lidiar con la impaciencia de los peques puede ser complicado pero creo que hay cosas mucho peores como esos adultos que llevan diez años diciendo: “El año que viene me voy a Tailandia 3 meses a hacer esnórquel” y nunca van porque “no me puedo permitir desconectar de mi trabajo más de una semana”. ¡Qué pena de vida!

 

CARA A CARA CON EL NIÑO QUE FUI

Pues así era yo de niño. Con el pelo rizado y un jersey muy ochentero, con calcetines largos a juego.

Estos días de Navidad, tras una buena comilona, hablaba con mi abuela Mercè de lo rápido que nos han pasado los años. Ella, casi sin darse cuenta, acaba de cumplir 89 y yo estoy a punto de llegar a los 40.

Mi abuela me decía que, desde pequeño, siempre fui muy hablador y que me encantaba meterme en las conversaciones de los mayores. Lo quería saber todo y quería opinar sobre todo (sí, ya apuntaba maneras como tertuliano).

A partir de aquella charla empecé a preguntarme qué pensaría el niño que fui del adulto que soy, tomando prestado el conocido lema de Antoine de Saint-Exupéry, escritor y aviador francés, autor de la famosa obra El principito​: “Que el niño que fuiste no se avergüence del adulto que eres”.

Pues bien, creo honestamente que el niño que fui se sentiría orgulloso del adulto que soy. En mi cabeza ya no hay rizos pero mi curiosidad y ganas de aprender, mi imaginación e ilusión por cada nuevo proyecto que ideo y pongo en marcha sigue intacta.

He leído un montón, he viajado a más de 40 países, he escrito libros, he creado programas de radio, he conocido a un montón de personas interesantes y, lo más importante, estoy convencido de que me quedan un montón de cosas que experimentar. ¡Viva la vida!

¡SER LIBERTO es la mejor manera que se me ocurre para seguir conectado con el chaval que fui hace ya unos cuantos años!

 

CÓMO SABER SI EL NIÑO QUE FUISTE SE AVERGONZARÍA DEL ADULTO QUE ERES

Bueno, ha llegado la hora de la verdad para ti. La hora de que bucees en tu interior en busca del niño o niña que fuiste. Quiero que lo saques a la superficie y te atrevas a preguntarle si está orgulloso del adulto que eres.

Para hacértelo más fácil (bueno, es un decir, porque de fácil no tiene nada), he elaborado una lista de 10 preguntas que te ayudarán a saber qué pensaría de ti el niño o niña que fuiste o, dicho de otro modo, qué queda en ti de ese niño o niña lleno de ilusión, curiosidad y poca vergüenza que un día fuiste.

¡Gracias! Descarga aquí las preguntas:

Descarga ahora el pdf

Imprímete la lista y tómate tu tiempo antes de contestar cada una de las 10 preguntas. ¡No esas demasiado duro contigo pero tampoco te hagas trampas! Trata de ponerte en la piel del niño o la niña que fuiste y, si te apetece, comparte en el espacio de comentarios de este post qué tal ha sido la experiencia.

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